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Podcast Red Inka + Audio Libros

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By Redinka Podcast Audio Books
Podcast Audio Libros*: No hay nada como perderse en una gran historia a través de audiolibros de podcast en mientras realiza sus tareas mundanas como ir al trabajo, tareas domésticas e incluso en un viaje por carretera a algún lugar. Aquí en http://www.redinka.com, puede escuchar audiolibros de podcast que van desde los clásicos como Orgullo y prejuicio de Jane Austen, La odisea de Homero, historias de fantasía o ficción distópica como Anthem y mucho más.
*Libros en dominio público son todo los libros escritos y creados sin ningún tipo de licencia o escritos bajo licencias de dominio público.
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Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro tercero: En el año 1817 - Cap 03: De cuatro en cuatro)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro tercero En el año 1817 Cap III : De cuatro en cuatro. Resulta difícil concebir hoy en día lo que era hace cuarenta y cinco años una salida al campo de estudiantes y de grisetas. Los alrededores de París no son ya los mismos; el aspecto de eso que podríamos llamar la vida circumparisina ha cambiado por completo en el último medio siglo; donde antes había un coucou de dos ruedas ahora hay un vagón; donde había un patache ahora hay un barco de vapor; hoy decimos Fécamp como antes decían Saint-Cloud. El París de 1862 es una ciudad cuyo suburbio es Francia. Las cuatro parejas cumplieron concienzudamente con todas las fantasías campestres a su alcance a la sazón. Empezaba la temporada de las vacaciones y era un día de verano cálido y despejado. La víspera, Favourite, la única que sabía escribir, le había escrito lo siguiente a Tholomyès en nombre de las cuatro: «Al que madruga dos lo ayudan». En vista de lo cual se levantaron a las cinco de la mañana. Fueron luego a Saint-Cloud en diligencia, vieron la cascada seca y exclamaron: «¡Qué bonita debe de ser cuando tiene agua!», almorzaron en La Tête-Noire, por donde aún no había pasado Castaing, se permitieron el lujo de una partida de juego de anillas en el quincunce del estanque grande, subieron a la linterna de Diógenes, jugaron a la ruleta del puente de Sèvres para ganar mostachones, cortaron ramos de flores en Puteaux, compraron espantasuegras en Neuilly, comieron empanadillas dulces de manzana por todas partes y fueron completamente felices. Las muchachas estaban rumorosas y parlanchinas como un vuelo de currucas. Aquello era un delirio. De tanto en tanto les daban cachetitos a los jóvenes. ¡Embriaguez matutina de la vida! ¡Años adorables! ¡Se estremecen las alas de las libélulas! ¡Ay! Quienquiera que seas y leas esto, ¿lo recuerdas? ¿Has caminado por entre la maleza apartando las ramas porque detrás viene una cara encantadora? ¿Has resbalado entre risas por un talud húmedo de lluvia con una mujer amada que te sujeta de la mano y exclama: «¡Ay, cómo se me están poniendo los borceguíes recién estrenados!»? Digamos sin más tardanza que a esta concurrencia bien humorada le faltó esa jubilosa contrariedad que consiste en un chaparrón, aunque Favourite había dicho, al salir, con tono entendido y maternal: Las babosas salen de paseo por los caminos. Señal de lluvia, hijos míos. Las cuatro estaban terriblemente bonitas. Un campechano poeta clásico que estaba entonces de moda, un buen hombre que tenía una Éléonore, el caballero de Labouïsse, vagabundeaba ese día bajo los castaños de Saint-Cloud; las vio pasar a eso de las diez de la mañana y exclamó: ¡Sobra una!, acordándose de las Gracias. Favourite, la amiga de Blachevelle, la de veintitrés años, la vieja, iba corriendo delante bajo las grandes ramas verdes, se saltaba las cunetas, salvaba de una zancada, como loca, los matorrales y presidía todo aquel júbilo con elocuencia de faunesa joven. Zéphine y Dahlia, a las que el azar había hecho hermosas de forma tal que, al estar cerca, se realzaban y se completaban, no se separaban, más por instinto de coquetería que por amistad, y, recostándose una en otra, adoptaban poses inglesas; los primeros álbumes de recuerdos acababan de ponerse de moda, estaba apuntando la melancolía en las mujeres, de la misma forma que apuntó más adelante el byronismo en los hombres, y las melenas del sexo débil empezaban a tener apariencia afligida. Zéphine y Dahlia se peinaban con rizos. Listolier y Fameuil, enzarzados en una charla acerca de sus profesores, le explicaban a Fantine qué diferencia había entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau. A Blacheville parecía que lo habían creado ex profeso para llevar al brazo los domingos el chal con pretensiones de casimir de Favourite.
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August 14, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro tercero: En el año 1817 - Cap 02: Doble cuarteto)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro tercero En el año 1817 Cap II : Doble cuarteto. Esos parisinos eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes, y quien dice estudiante dice parisino; estudiar en París es nacer en París. Esos jóvenes eran insignificantes; todo el mundo ha visto caras como ésas; cuatro ejemplares del primero que pase por la calle; ni buenos ni malos, ni eruditos ni ignorantes, ni genios ni imbéciles; con la hermosura de ese abril adorable que llamamos los veinte años. Eran cuatro Oscars cualesquiera; porque por entonces aún no existían los Arthurs. Que para él se quemen los perfumes de Arabia, exclamaba la romanza, ¡Se acerca Oscar! ¡Oscar, ya voy a verte! Todo nacía de Ossian; la elegancia era escandinava y caledonia, el estilo inglés puro sólo se impuso más adelante, y el primero de los Arthurs, Wellington, apenas si acababa de ganar la batalla de Waterloo. Estos Oscars se llamaban, uno de ellos Félix Tholomyès, de Toulouse; otro, Listolier, de Cahors; otro, Fameuil, de Limoges, y el último, Blachevelle, de Montauban. Y cada uno tenía, por descontado, a su amante. Blachevelle quería a Favourite, así llamada porque había ido a Inglaterra; Listolier adoraba a Dahlia, que había escogido como nombre de guerra un nombre de flor; Fameuil idolatraba a Zéphine, diminutivo de Joséphine; Tholomyès tenía a Fantine, llamada la Rubia por sus hermosos cabellos del color del sol. Favourite, Dahlia, Zéphine y Fantine eran cuatro muchachas preciosas, perfumadas y radiantes, en las que algo quedaba de la operaria, pues no habían dejado del todo la aguja; los amoríos las tenían distraídas, pero conservaban en el rostro restos de la serenidad del trabajo y en el alma esa flor de honestidad que, en la mujer, sobrevive a la primera caída. A una de las cuatro la llamaban la joven, porque era la menor; la vieja tenía veintitrés años. Para no ocultar nada, las tres primeras tenían más experiencia, más despreocupación y más incursiones por el barullo de la vida que Fantine la Rubia, que vivía la primera ilusión. Ni Dahlia, ni Zéphine ni, sobre todo, Favourite podrían haber dicho lo mismo. Había ya más de un episodio en la novela apenas empezada de sus existencias, y el enamorado que se llamaba Adolphe en el primer capítulo resultaba que era Alphonse en el segundo y Gustave en el tercero. Pobreza y coquetería son dos consejeras nefastas: una reniega y la otra halaga; y ambas les hablan al oído, cada una por su lado, a las muchachas del pueblo que son guapas. Y esas almas mal custodiadas las atienden. De ahí las caídas que padecen y las piedras que les arrojan. Las condenan citando el esplendor de lo inmaculado y lo inaccesible. ¡Ay de la Jungfrau si pasara hambre! Zéphine y Dahlia eran admiradoras de Favourite porque había estado en Inglaterra. Tuvo muy pronto casa propia. Su padre era un profesor anciano de matemáticas, brutal y fanfarrón; no estaba casado y daba clases particulares a domicilio pese a la edad que tenía. Aquel profesor, de joven, vio un día que a la doncella de una casa se le enganchaba el vestido en un protector de cenizas de la chimenea; se había enamorado de ese accidente. El resultado había sido Favourite. Coincidía de tanto en tanto con su padre, que la saludaba. Una mañana, una anciana de aspecto monjil se le metió en casa y le dijo: —¿No me conoce, señorita? —No. —Soy tu madre. Luego la vieja abrió el aparador, bebió, comió, mandó que trajeran un colchón que tenía y se acomodó en la casa. Aquella madre, gruñona y devota, no le hablaba nunca a Favourite, se pasaba horas sin despegar los labios, almorzaba, comía y cenaba por cuatro y bajaba de tertulia a casa del portero, donde hablaba mal de su hija.
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August 14, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro tercero: En el año 1817 - Cap 01: El año 1817)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro tercero En el año 1817 Cap I : El año 1817. 1817 es el año que Luis XVIII, con cierto aplomo regio que no carecía de ufanía, llamaba el vigésimo segundo de su reinado. Es el año en que el señor Bruguière de Sorsum era famoso. Todos los establecimientos de los peluqueros, que contaban con el empolvado y el regreso del ave regia, estaban pintados de azul y decorados con flores de lis. Era la época cándida en que el conde Lynch se sentaba todos los domingos, como mayordomo de fábrica, en el banco de Saint-Germain-des-Près reservado para los de su cargo, vestido de senador, con su cordón rojo y su nariz larga y esa majestad en el perfil propia de un hombre que ha llevado a cabo una proeza sonada. La proeza sonada que había llevado a cabo el señor Lynch consistía en lo siguiente: haber entregado la ciudad con prisa excesiva, cuando era alcalde de Burdeos, el 12 de marzo de 1814, al señor duque de Angoulême. De ahí el cargo de senador. En 1817, la moda metía a los niños de entre cuatro y seis años debajo de unas gorras enormes, de tafilete de imitación y con orejeras, bastante parecidas a gorros esquimales. El ejército francés iba vestido de blanco, a la austriaca; los regimientos se llamaban legiones; en vez de número tenían nombre de departamentos. Napoleón estaba en Santa Elena y, como Inglaterra le negaba paño de color verde, mandaba que les dieran la vuelta a sus levitas. En 1817, Pellegrini cantaba y la señorita Bigottini bailaba; Potier reinaba; Odry aún no existía. La señora Saqui se hacía cargo de la sucesión de Forioso. Todavía quedaban prusianos en Francia. El señor Delatot era un personaje. La legitimidad acababa de consolidarse cortándoles el puño y, luego, la cabeza a Pleignier, a Carbonneau y a Tolleron. El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el padre Louis, ministro de Hacienda por designación, se miraban riendo con la risa de dos augures; ambos habían celebrado, el 14 de julio de 1790, la misa de la federación en Le Champ-de-Mars; Talleyrand la dijo como obispo y Louis la sirvió como diácono. En 1817, en los paseos laterales de ese mismo Champ-de-Mars, se vislumbraban, caídos bajo la lluvia, pudriéndose en la hierba, unos cilindros gruesos de madera pintados de azul con rastros de águilas y abejas que habían perdido el dorado. Eran las columnas que, dos años antes, habían sujetado el estrado del emperador en la asamblea del Campo de Mayo. En algunas zonas las ennegrecía la chamusquina de los vivaques de los austriacos que habían acampado cerca de Le Gros-Caillou. Dos o tres de esas columnas habían desaparecido en las hogueras de aquellos vivaques y les habían calentado las manazas a los kaiserlicks. Lo notable de la asamblea del Campo de Mayo era que se había celebrado en junio en Le Champ-de-Mars. En aquel año de 1817 había dos cosas populares: el Voltaire-Touquet y las tabaqueras con la Carta Constitucional. La emoción parisina más reciente era el crimen de Dautun, que arrojó la cabeza de su hermano en la represa de Le Marché-aux-Fleurs. En el ministerio de Marina estaban empezando a preocuparse porque seguían sin noticias de La Méduse, esa fragata fatídica que iba a ser el bochorno de Chaumareix y la gloria de Géricault. El coronel Selves iba a Egipto a convertirse en Suleimán Bajá. El palacio de Les Thermes, en la calle de La Harpe, lo usaba de tienda un tonelero. 
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August 14, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 13: Petit-Gervais)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap XIII : Petit-Gervais. Jean Valjean salió de la ciudad como quien huye. Echó a andar a toda prisa a campo traviesa, metiéndose por los caminos y los senderos que se le ponían delante sin darse cuenta de que desandaba lo andado a cada paso. Anduvo así toda la mañana, sin comer y sin notar hambre. Era presa de una multitud de sensaciones nuevas. Notaba algo así como ira; no sabía contra quién. No habría podido decir si estaba conmovido o humillado. A ratos sentía una ternura extraña que combatía y a la que hacía frente con el endurecimiento de los últimos veinte años. Aquel estado lo cansaba. Veía con preocupación que se le desplomaba en su fuero interno aquella especie de calma espantosa que le aportaba la injusticia de su desventura. Se preguntaba qué iba a sustituirla. A veces habría preferido en serio estar en la cárcel con los gendarmes y que las cosas no hubieran sucedido como lo habían hecho; habría sido menos intranquilizador. Aunque la estación estaba ya bastante entrada, había aún, acá y allá, en los setos, algunas flores tardías cuyo aroma, entre el que cruzaba al andar, le traía recuerdos de infancia. Esos recuerdos le resultaban casi insoportables, de tanto como hacía que los tenía olvidados. Así se le fueron acumulando durante todo el día unos pensamientos indecibles. Cuando el sol iba ya hacia poniente, alargando por el suelo la sombra de la mínima piedra, Jean Valjean estaba sentado detrás de un matorral en una llanura ancha, rojiza, completamente desierta. En el horizonte sólo se veían los Alpes. Ni tan siquiera el campanario de un pueblo lejano. Jean Valjean podía hallarse a unas tres leguas de Digne. Un sendero, que cruzaba el llano, corría a pocos pasos del matorral. Sumido en esa meditación que, si alguien se hubiera topado con él, habría contribuido no poco a dar a sus andrajos un aspecto temible, oyó un ruido jubiloso. Volvió la cabeza y vio que venía por el sendero un niño, un deshollinador de unos diez años que iba cantando, con la zanfona pegada al costado y la caja con la marmota echada a la espalda; uno de esos niños dulces y alegres que van de comarca en comarca enseñando las rodillas por los agujeros de los pantalones. Sin dejar de cantar, el niño se paraba de vez en cuando y jugaba a las tabas con unas cuantas monedas que llevaba en la nano, toda su fortuna probablemente. Entre ellas, había una de dos francos. El niño se detuvo junto al matorral sin ver a Jean Valjean y tiró al aire el puñado de calderilla que hasta el momento había recogido entero con bastante maña en el dorso de la mano. En esta ocasión se le escapó la moneda de dos francos, que rodó hacia el matorral y llegó donde estaba Jean Valjean. Jean Valjean puso encima el pie. Pero el niño había seguido la moneda con la mirada y lo vio. No mostró extrañeza y se dirigió en derechura al hombre. Era un lugar completamente solitario. Hasta donde abarcaba la vista, no había nadie ni en la llanura ni en el sendero. Sólo se oían los grititos débiles de una bandada de aves que iban de paso y cruzaban por el cielo a gran altura. El niño estaba de espaldas al sol, que le ponía hebras de oro en el pelo y ponía también la púrpura de un resplandor sanguinolento en la cara feroz de Jean Valjean. —Señor —dijo el niño deshollinador con esa confianza de la infancia que se compone de ignorancia y de inocencia—. ¿Me da mi moneda? —¿Cómo te llamas? —dijo Jean Valjean. —Petit-Gervais, señor.
22:41
August 14, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 12: El obispo trabaja)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap XII : El obispo trabaja. Al día siguiente, al salir el sol, monseñor Bienvenu paseaba por el jardín. La señora Magloire fue a su encuentro completamente trastornada. —¡Monseñor, monseñor! —exclamó—. ¿Sabe Su Ilustrísima dónde está la cesta de los cubiertos de plata? —Sí —dijo el obispo. —¡Alabado sea Dios! —contestó ella—. No sabía qué había sido de ella. El obispo acababa de recoger la cesta en una platabanda. Se la tendió a la señora Magloire. —Aquí está. —Pero ¿y esto? —dijo ella—. ¡No hay nada dentro! ¿Y los cubiertos? —¡Ah! —respondió el obispo—. ¿Eran los cubiertos lo que andaba buscando? No sé dónde están. —¡Por los clavos de Cristo! ¡Los han robado! ¡Los ha robado el hombre de ayer por la noche! En un abrir y cerrar de ojos, y con todos sus bríos de anciana vivaracha, la señora Magloire fue corriendo al oratorio, entró en la alcoba y regresó donde estaba el obispo. Éste acababa de agacharse y miraba con un suspiro un plantón de coclearia que la cesta había roto al caer en medio de la platabanda. Se enderezó al oír el grito de la señora Magloire. —¡Monseñor, el hombre se ha ido! ¡Han robado los cubiertos de plata! Según soltaba esa exclamación, le cayó la mirada en una esquina del jardín donde se veían trazas de la escalada. Estaba arrancada la albardilla de la tapia. —¡Mire! Por ahí se fue. Saltó a la calleja de Cochefilet. ¡Ay, qué abominación! ¡Nos ha robado nuestros cubiertos de plata! El obispo se quedó callado un momento; luego alzó unos ojos muy serios y le dijo suavemente a la señora Magloire: —Como primera providencia, ¿eran nuestros esos cubiertos de plata? La señora Magloire se quedó cortada. Hubo otro silencio y, luego, el obispo siguió diciendo: —Señora Magloire, tenía en mi poder y desde hace mucho esos cubiertos. Eran de los pobres. ¿Quién era ese hombre? Un pobre, está claro. —¡Señor, Dios mío! —respondió la señora Magloire—. No lo digo por mí, ni por la señorita. Nos da completamente igual. Lo digo por monseñor. ¿Con qué va a comer monseñor ahora? El obispo la miró con expresión de extrañeza. —¡Cómo! ¿Es que no hay cubiertos de estaño? La señora Magloire se encogió de hombros. —El estaño tiene olor. —Pues cubiertos de hierro, entonces. La señora Magloire hizo una mueca expresiva. —El hierro tiene sabor. —Bueno —dijo el obispo—, pues cubiertos de palo.
08:16
August 14, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 11: Lo que hace)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap XI : Lo que hace. Jean Valjean escuchó. Ningún ruido. Empujó la puerta. La empujó con la punta del dedo, levemente, con esa suavidad furtiva e inquieta de un gato que quiere entrar. La puerta cedió a esa presión y se movió de una forma imperceptible y callada que agrandó un tanto la rendija. Esperó un momento, luego empujó la puerta otra vez, con mayor atrevimiento. Siguió cediendo en silencio. La abertura era ahora suficientemente grande para permitirle el paso. Pero había cerca de la puerta una mesita que formaba con ella un ángulo molesto y tapaba la entrada. Jean Valjean se percató de esa dificultad. La abertura tenía que ser mayor, no quedaba más remedio. Se decidió y empujó la puerta por tercera vez con más energía que las dos anteriores. En esta ocasión, una bisagra mal engrasada soltó de pronto en la oscuridad un grito ronco y prolongado. Jean Valjean se sobresaltó. El ruido de aquella bisagra le sonó en los oídos como algo tan estridente y tremendo como la trompeta del juicio final. En las exageraciones fantásticas del primer minuto, llegó casi a imaginarse que aquella bisagra acababa de cobrar vida, una vida terrible, y ladraba como un perro para avisar a todo el mundo y despertar a quienes estuvieran durmiendo. Se detuvo, trémulo, espantado; iba de puntillas, bajó de golpe los pies y apoyó los talones. Oyó cómo le palpitaban las arterias en las sienes como dos martillos de herrero y le dio la impresión de que le salía el aliento del pecho con el ruido del viento que sale de una cueva. Le parecía imposible que el tremendo clamor de aquella bisagra airada no hubiera inmutado a todos los de la casa igual que la sacudida de un terremoto; había empujado la puerta y ésta se había alarmado y había llamado; el anciano iba a levantarse, las dos ancianas chillarían, acudiría gente a socorrerlas; antes de un cuarto de hora, la ciudad estaría sobre aviso, y los gendarmes, alertados. Por un momento se creyó perdido. Se quedó en el sitio, petrificado como la estatua de sal, sin atreverse a hacer ni un movimiento. Pasaron unos minutos. La puerta se había abierto de par en par. Se arriesgó a echarle una ojeada a la habitación. Nada se había movido. Prestó oído. Nada rebullía en la casa. El ruido de la bisagra no había despertado a nadie. Había pasado el primer peligro, pero aún le quedaba por dentro un horrible tumulto. Sin embargo, no retrocedió. Ni siquiera al creerse perdido había retrocedido. No pensó ya más que en acabar cuanto antes. Dio un paso adelante y entró en la habitación.
09:37
August 14, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 10: El hombre que se despierta)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap X : El hombre que se despierta. Estaban dando, pues, las dos en el reloj de la catedral cuando Jean Valjean se despertó. Lo que lo despertó fue que la cama era excesivamente buena. Llevaba casi veinte años sin acostarse en una cama y, aunque no se había desnudado, era una sensación demasiado nueva para no alterarle el sueño. Había dormido más de cuatro horas. Se le había pasado el cansancio. Estaba acostumbrado a no dedicar muchas horas al descanso. Abrió los ojos y se quedó un momento mirando, en la oscuridad, lo que tenía en torno; luego los volvió a cerrar para volver a dormirse. Cuando han alborotado el día muchas sensaciones diversas, cuando hay cosas que tienen preocupada la mente, nos quedamos dormidos, pero no podemos volver a dormirnos. Al sueño le cuesta menos llegar que volver. Eso fue lo que le pasó a Jean Valjean. No pudo volver a dormirse y se puso a pensar. Se hallaba en uno de esos momentos en que las ideas que tenemos en el pensamiento están turbias. Jean Valjean tenía en la cabeza algo así como un vaivén confuso. Los recuerdos antiguos y los recuerdos inmediatos flotaban, revueltos, y se cruzaban nebulosamente, perdiendo la forma, creciendo de forma desmedida y esfumándose luego de pronto como en unas aguas fangosas y turbulentas. Le acudían muchos pensamientos, pero había uno que regresaba sin cesar y que apartaba a todos los demás. Vamos a decir cuál era ese pensamiento: le habían llamado la atención los seis cubiertos de plata y el cucharón que la señora Magloire había colocado en la mesa. Esos seis cubiertos de plata lo obsesionaban. Estaban ahí. A pocos pasos. Al cruzar el cuarto contiguo para entrar en el que estaba ahora, la anciana criada los estaba metiendo en una alacenita que había a la cabecera de la cama. Se había fijado muy bien en esa alacena. A la derecha, según se entraba desde el comedor. Eran de plata maciza. Y antigua. Por el cucharón se podían pedir por lo menos doscientos francos. El doble de lo que había ganado él en diecinueve años. Cierto es que habría ganado más si la administración no le hubiera robado. Le anduvo oscilando el pensamiento una hora entera en fluctuaciones con las que se mezclaba, desde luego, cierta resistencia. Dieron las tres. Volvió a abrir los ojos, se incorporó bruscamente, estiró los brazos, palpó el macuto que había arrojado en el rincón de la alcoba; luego sacó las piernas, las dejó colgando, puso los pies en el suelo y, casi sin saber cómo, se encontró sentado en la cama.
07:37
August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 09: Nuevos agravios)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap IX : Nuevos agravios. Llegada la hora de salir del presidio, cuando le sonó en los oídos a Jean Valjean esa frase tan rara: ¡estás libre!, fue aquél un momento inverosímil e inaudito; un rayo de brillante luz, un rayo de la luz verdadera de los vivos se le metió dentro de repente. Pero ese rayo de luz no tardó en palidecer. A Jean Valjean lo había deslumbrado la idea de la libertad. Creyó en una vida nueva. No tardó en caer en la cuenta de que era una libertad con pasaporte amarillo. Y, además de ésa, otras muchas amarguras. Había calculado que la masita, mientras estuvo en presidio, tenía que haber llegado a ciento setenta y un francos. Hay que decir que se le había olvidado, al echar la cuenta, el descanso forzoso de los domingos y los días festivos, que, en diecinueve años, suponía una merma de alrededor de veinticuatro francos. Fuere como fuere, la masita se había quedado, debido a diversas retenciones locales, en ciento nueve francos con setenta y cinco céntimos, que le entregaron al salir. No lo entendió y se creyó perjudicado. No nos andemos con rodeos: robado. Al día siguiente de la liberación, en Grasse, vio ante la puerta de una destilería de flor de azahar a unos hombres que estaban descargando unos fardos. Ofreció sus servicios. El trabajo apremiaba, lo cogieron. Puso manos a la obra. Era inteligente, robusto y hábil; ponía cuanto podía de su parte; el amo parecía satisfecho. Mientras estaba trabajando, pasó un gendarme, se fijó en él y le pidió los papeles. Tuvo que enseñar el pasaporte amarillo. Luego, Jean Valjean siguió trabajando. Un poco antes, les había preguntado a unos obreros de cuánto era el jornal en aquel trabajo; le contestaron: un franco y medio. Al caer la tarde, como tenía que irse a la mañana siguiente, fue a ver al dueño de la destilería y le pidió que le pagara. El dueño no dijo ni palabra y le dio un franco con veinticinco céntimos. Reclamó. Le contestaron: Para ti, de sobra. Insistió. El dueño le miró a la cara y le dijo: ¡A ver si acabas en el trullo!
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 08: El mar y la sombra)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap VIII : El mar y la sombra. ¡Hombre al agua! ¡Qué más da! El barco no se detiene. El viento sopla, ese barco sombrío tiene un derrotero al que no le queda más remedio que atenerse. Pasa de largo. El hombre desaparece, vuelve luego a aparecer, se sumerge y regresa a la superficie, llama, tiende los brazos, no lo oyen; el barco, vibrando en el huracán, no atiende sino a su maniobra; los marineros y los pasajeros no ven ya siquiera al hombre hundido en el agua; la pobre cabeza no es ya sino un punto entre la enormidad de las olas. Lanza en las profundidades gritos desesperados. ¡Esa vela que se aleja es un espectro terrible! La mira, la mira con frenesí. Se aleja, palidece, mengua. Hace un momento él estaba allí, formaba parte de la tripulación, iba y venía por el puente con los demás, le correspondía su ración de aire para respirar y de sol, era un ser vivo. Ahora, ¿qué ha sucedido? Resbaló, cayó, y ya está. Se halla en el agua monstruosa. Sólo tiene ya bajo los pies algo que huye y se desploma. Las olas, que el viento rasga y hace jirones, lo rodean horrorosamente; los cabeceos del abismo lo arrastran; todos los harapos del agua se mueven en torno a su cabeza; un populacho de olas le escupe; confusas cavidades se lo tragan a medias; cada vez que se hunde, vislumbra precipicios repletos de noche; espantosas vegetaciones desconocidas lo aferran, le anudan los pies, tiran de él; nota que se vuelve abismo; forma parte de la espuma; las oleadas se lo lanzan, de una a otra; bebe amargura; el océano se obstina en ahogarlo; la enormidad juega con su agonía. Es como si toda esa agua fuera odio. No obstante, lucha. Intenta defenderse, intenta mantenerse a flote, se esfuerza, nada. Él, esa pobre fuerza que se agota enseguida, combate contra lo inagotable. ¿Dónde estará el barco? Allá lejos. Casi no se lo ve entre las pálidas tinieblas del horizonte. Soplan las ráfagas; todas las espumas lo agobian. Alza los ojos y no ve sino las livideces de las nubes. Presencia, agonizante, la gigantesca demencia del mar. Esa locura es un suplicio. Oye ruidos ajenos al hombre que parecen venir de más allá de la tierra y no se sabe de qué exterior espantoso. Hay aves en las nubes, de la misma forma que hay ángeles por encima de los desvalimientos humanos, pero ¿qué podrían hacer por él? Vuelan, cantan y planean; y él suelta un estertor. Siente que lo sepultan a la vez esos dos infinitos, el océano. 
05:59
August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 07: La desesperación por dentro)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap VII : La desesperación por dentro. Intentemos explicarlo. La sociedad tiene que ver estas cosas, no queda más remedio, ya que es ella la causante. Jean Valjean era, ya lo hemos dicho, ignorante, pero no era un estúpido. Brillaba en él la luz natural. La desdicha, que tiene sus propias luces, incrementó la poca claridad que había en aquella inteligencia. Sometido al bastón, sometido a la cadena, al calabozo, al cansancio, bajo el sol abrasador del presidio, en la cama de tablones de los presidiarios, se ensimismó en su conciencia y pensó. Se erigió en tribunal. Empezó por juzgarse a sí mismo. Reconoció que no era un inocente que padecía un castigo injusto. Se confesó que había cometido una acción extremosa y censurable; que, a lo mejor, si hubiera pedido ese pan, no se lo habrían negado; que, en cualquier caso, habría valido más esperarlo bien de la compasión, bien del trabajo; que no sirve por completo de justificación sin posible réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre? Que, para empezar, muy pocas veces muere nadie literalmente de hambre; que, además, por desdicha o por suerte, el hombre es de tal naturaleza que puede sufrir mucho y por mucho tiempo moral y físicamente sin morirse; que, por lo tanto, era necesario tener paciencia; que habría valido más tenerla, incluso pensando en aquellos niños; que era una locura suya que él, un hombre pobre y débil, agarrase violentamente por el cuello a la sociedad entera y supusiera que de la miseria se sale robando; que no era, fuere como fuere, la puerta por la que se entra en la infamia la adecuada para salir de la miseria; en resumidas cuentas, que no tenía razón. Luego se preguntó: Si era el único que no había tenido razón en aquella fatídica historia. Si no era, para empezar, un hecho grave que a él, un obrero, le hubiera faltado trabajo; si a él, que era trabajador, le hubiera faltado el pan. Si, a continuación, ya cometida y confesada la culpa, no había sido el castigo feroz y desmedido. Si no había por parte de la ley abuso mayor en la pena que el abuso del culpable al cometer la culpa. Si no pesaba de más uno de los platillos de la balanza, ese en que está la expiación. Si la demasía en la culpa no borraba el delito y no desembocaba en el resultado de darle la vuelta a la situación, de sustituir la culpa del delincuente por la culpa de la represión, de convertir al culpable en víctima y al deudor en acreedor, de colocar definitivamente el derecho de parte de ese mismo que lo había violado. Si esa pena, que complicaron ampliaciones sucesivas debidas a los intentos de evasión, no se convertía a la postre en algo así como un atentado del más fuerte sobre el más débil, un crimen de la sociedad contra el individuo, un crimen que volvía a empezar a diario, un crimen que llevaba durando diecinueve años.
19:48
August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 06: Jean Valjean)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap VI : Jean Valjean. Jean Valjean se despertó mediada la noche. Jean Valjean era de una familia de campesinos pobres de Brie. De niño, no aprendió a leer. Al llegar a la edad adulta, era podador en Faverolles. Su madre se llamaba Jeanne Mathieu; su padre se llamaba Jean Valjean o Vlajean, un mote probablemente, una contracción de voilà Jean[2]. Jean Valjean era de carácter ensimismado, sin llegar a triste, lo que es propio de los caracteres afectuosos. Pero, en resumidas cuentas, aquel Jean Valjean era alguien no poco apático y no poco insignificante, al menos en apariencia. Perdió a muy tierna edad a sus padres. La madre se murió de unas fiebres puerperales mal curadas. El padre, podador como él, se mató al caer de un árbol. A Jean Valjean sólo le quedó una hermana mayor, viuda y con siete hijos, entre chicos y chicas. Esa hermana crió a Jean Valjean y, mientras vivió su marido, tuvo en su casa y alimentó al hermano menor. El marido falleció. El mayor de los siete niños tenía ocho años; el más pequeño, uno. Jean Valjean acababa de cumplir veinticinco. Sustituyó al padre y, a su vez, proveyó a las necesidades de la hermana que lo había criado. Fue algo evidente, como un deber, e incluso con cierta hosquedad por parte de Jean Valjean. Se le iba la juventud en un trabajo duro y mal pagado. Nunca le habían visto en la comarca festejar a ninguna chica. No le daba tiempo a enamorarse. Por la noche llegaba cansado y se comía la sopa sin decir palabra. Su hermana, la señora Jeanne, le quitaba con frecuencia de la escudilla, mientras comía, lo mejor de la cena, el trozo de carne, la loncha de tocino, el cogollo de la col, para dárselo a alguno de sus hijos; él seguía comiendo, inclinado sobre la mesa, metiendo casi la cabeza en la sopa, y el pelo largo le caía en torno a la escudilla y le tapaba los ojos; era como si no se diera cuenta de nada y lo consentía todo. Había en Faverolles, no lejos de la cabaña de los Valjean, del otro lado de la calleja, una granjera llamada Marie-Claude; los niños Valjean, hambrientos casi siempre, iban a veces a pedirle fiada a Marie-Claude una pinta de leche de parte de su madre y se la bebían detrás de un seto o en la revuelta de cualquier camino, quitándose de las manos la lechera y con tantas prisas que las niñas se tiraban la leche por el delantal y por el pecho; si la madre se hubiera enterado de ese hurto, habría castigado con severidad a los jóvenes delincuentes. Jean Valjean, brusco y gruñón, le pagaba a Marie-Claude, a espaldas de la madre, la pinta de leche y así los niños se ahorraban un castigo. En la estación de la poda ganaba noventa céntimos diarios; luego, se colocaba de segador, de peón, de mozo de granja y de boyero, de jornalero para todo. Hacía lo que podía. Su hermana trabajaba también. Pero ¿qué hacer con siete niños pequeños? Era un grupo desdichado al que la miseria fue rodeando y oprimiendo poco a poco. Llegó un invierno muy duro. Jean no encontró trabajo. La familia se quedó sin pan. Sin pan. Literalmente. Siete niños.
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 05: Tranquilidad)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap V : Tranquilidad. Después de dar las buenas noches a su hermana, monseñor Bienvenu cogió de la mesa uno de los candeleros de plata, le dio el otro al huésped y le dijo: —Voy a llevarlo a su cuarto, señor. El hombre lo siguió. Como ya hemos podido observar por lo anteriormente dicho, la distribución de la vivienda era tal que para ir al oratorio donde estaba la alcoba, o para salir de él, había que pasar por el dormitorio del obispo. Cuando cruzó por el dormitorio, la señora Magloire estaba guardando la plata en la alacena que había a la cabecera de la cama. Era lo último que hacía todas las noches antes de irse a acostar. El obispo acomodó a su huésped en la alcoba. Estaba preparada una cama blanca y recién hecha. El hombre puso el candelero en una mesita. —Que pase una buena noche —dijo el obispo—. Mañana por la mañana, antes de irse, tomará una taza de leche calentita de nuestras vacas. —Gracias, señor cura —dijo el hombre. Nada más decir esas palabras rebosantes de paz, de repente y sin transición, hizo algo raro que habría dejado heladas de espanto a las dos benditas solteronas si lo hubieran presenciado. Incluso ahora nos resulta difícil entender qué lo movía en aquel momento. ¿Quería avisar o amenazar? ¿Obedecía sencillamente a algo parecido a un impulso instintivo y confuso incluso para él? Se volvió bruscamente hacia el anciano, se cruzó de brazos y, mirando a su anfitrión con mirada salvaje, exclamó con voz ronca: —¡Pero bueno! ¿Me da un cuarto dentro de la casa, al lado de usted, así, sin más? Se interrumpió y añadió, con una risa en la que había algo monstruoso: —¿Lo ha pensado bien? ¿Quién le dice a usted que no soy un asesino?
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 04: Pormenores de las queserías de Pontarlier)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap IV : Pormenores de las queserías de Pontarlier. Ahora, para dar una idea de qué ocurrió en esa mesa, no podríamos hacer nada mejor que transcribir aquí parte de una carta de la señorita Baptistine a la señora de Boischevron, que refiere con candorosa minuciosidad la conversación del presidiario y del obispo. ------ «... Aquel hombre no se fijaba en mí en absoluto. Comía con voracidad de hambriento. El caso es que, después de cenar, dijo: »—Señor cura, bendito de Dios, todo esto no deja de ser demasiado para mí, pero debo decir que los carreteros que no quisieron dejarme cenar con ellos comen mejor que usted. »Dicho sea entre nosotras, el comentario me escandalizó un poco. »Mi hermano contestó: »—Se cansan más que yo. »—No —contestó el hombre—, tienen más dinero que usted. Usted es pobre, bien lo veo. A lo mejor ni siquiera es cura. ¿Es usted cura? Ah, desde luego, si Dios fuera justo, sí que debería ser cura. »—Dios es más que justo —dijo mi hermano. »Añadió, inmediatamente después: »—Señor Jean Valjean, ¿a Pontarlier es adonde va? »—Con itinerario forzoso. »Creo que eso fue lo que dijo el hombre. Luego, siguió diciendo: »—Tengo que estar ya de camino mañana al amanecer. Es duro el viaje. Las noches son frías, pero de día hace calor. »—Va usted —añadió mi hermano— a una comarca buena. Mi familia se arruinó con la Revolución y me refugié, al principio, en Franche-Comté, donde viví cierto tiempo de la fuerza de mis brazos. Tenía buena voluntad. Encontré quehacer. Se puede elegir. Hay fábricas de papel, tenerías, destilerías, almazaras, fábricas de acero, fábricas de cobre, veinte fábricas de hierro por lo menos, cuatro de las cuales están en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure y son muy importantes... »Creo que no me confundo y que ésos fueron los nombres que citó mi hermano; luego se interrumpió y se dirigió a mí: »—Mi querida hermana, ¿no tenemos parientes en esa zona? »Contesté: »—Teníamos, entre otros, al señor de Lucenet, que era capitán de las puertas de Pontarlier en el antiguo régimen. »—Sí —dijo mi hermano—, pero en 1793 nadie tenía ya parientes, teníamos sólo brazos para trabajar. Trabajé. Tienen, en la zona de Pontarlier, ahí donde va usted, señor Valjean, una industria completamente patriarcal; y deliciosa, querida hermana. Son las queserías de la región, a las que llaman por allí fruteras.
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 03: Heroísmo de la obediencia pasiva)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap III : Por la noche tras un día de caminata. Se abrió la puerta. Se abrió deprisa, de par en par, como si alguien la empujase de forma enérgica y resuelta. Entró un hombre. Ya conocemos a ese hombre. Es el viajero que vimos antes vagar de un lado a otro buscando cobijo. Entró, dio un paso y se detuvo, dejando la puerta abierta a su espalda. Llevaba el macuto al hombro, el bastón en la mano y una expresión ruda, atrevida, cansada y violenta en los ojos. El fuego de la chimenea lo iluminaba. Era repulsivo. Era una aparición siniestra. La señora Magloire no tuvo ni fuerzas para gritar. Dio un respingo y se quedó con la boca abierta. La señorita Baptistine se volvió, vio al hombre que entraba y, del susto, se incorporó a medias; luego, volviendo poco a poco otra vez la cabeza hacia la chimenea, empezó a mirar a su hermano y otra vez tuvo en el rostro una expresión sosegada y serena. El obispo tenía clavada en el hombre una mirada tranquila. Cuando estaba abriendo la boca para preguntarle al recién llegado qué deseaba, el hombre apoyó las dos manos a un tiempo en el bastón, paseó los ojos, por turnos, por el anciano y por las mujeres y, sin esperar a que hablase el obispo, dijo con voz fuerte: —Esto es lo que hay. Me llamo Jean Valjean. Soy un presidiario. He pasado diecinueve años en presidio. Me soltaron hace cuatro días y voy de camino para Pontarlier, que es mi punto de destino. Llevo cuatro días andando desde Tolón. Hoy he hecho doce leguas a pie. Esta noche, al llegar a esta comarca, fui a una posada de donde me echaron porque había enseñado el pasaporte amarillo en el ayuntamiento. No me quedaba más remedio. Fui a otra posada. Me dijeron: «¡Vete!». Fui de casa en casa. Nadie me quiso. Fui a la cárcel y el portero no me abrió. Me metí en la caseta de un perro. El perro me mordió y me echó, igual que si fuera un hombre. Me fui al campo, a dormir al raso. El cielo no estaba raso. Pensé que iba a llover y que no había un Dios que impidiese que lloviera y me volví a la ciudad para buscar el hueco de una puerta. Ahí, en la plaza, iba a dormir encima de una piedra; una buena mujer me indicó su casa y me dijo: llama ahí. He llamado. ¿Dónde estoy? ¿Es una posada? Llevo dinero, la masita. Ciento nueve francos con setenta y cinco céntimos que me gané en presidio con mi trabajo de diecinueve años. Pagaré. No me importa. Tengo dinero. Estoy muy cansado, doce leguas a pie, tengo mucha hambre. ¿Me deja que me quede? —Señora Magloire —dijo el obispo—, ponga otro cubierto. El hombre dio tres pasos y se acercó a la lámpara que estaba encima de la mesa: —Mire —siguió diciendo, como si no hubiese entendido bien—, no es eso. ¿Me ha oído? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de presidio —se sacó del bolsillo una hoja grande de papel amarillo y la desdobló—. Aquí tiene mi pasaporte. Amarillo, ya lo ve. Sirve para que me echen de todos los sitios adonde voy. ¿Quiere leerlo? Yo sé leer. Aprendí en presidio. Hay una escuela para los que quieran. Mire, esto han puesto en el pasaporte: «Jean Valjean, presidiario con la pena cumplida, nacido en...», eso a usted le da lo mismo... «ha estado diecinueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura. Catorce años por haber intentado escaparse cuatro veces. Es un hombre muy peligroso». Ahí lo tiene. Todo el mundo me ha echado. ¿Usted quiere aceptarme? ¿Esto es una posada? ¿Quiere darme de comer y un sitio para dormir? ¿Tiene una cuadra? —Señora Magloire —dijo el obispo—, ponga sábanas blancas en la cama de la alcoba.
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 02: La prudencia que debe tener la sensatez)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap II : La prudencia que debe tener la sensatez. Esa noche, el señor obispo de Digne se había quedado bastante rato metido en su cuarto después del habitual paseo por la ciudad. Estaba escribiendo un voluminoso trabajo acerca de los Deberes, que, por desgracia, dejó sin concluir. Estaba entresacando todo cuanto dijeron los Padres y los Doctores acerca de este tema transcendente. Su libro se dividía en dos partes; primero, los deberes de todos; y, luego, los deberes de cada cual, según la categoría a la que pertenecieran. Los deberes de todos son los deberes grandes. Existen cuatro. San Mateo los enumera: deberes para con Dios (Mat., VI); deberes para con uno mismo (Mat., V, 29, 30); deberes para con el prójimo (Mat., VII, 12); deberes para con las criaturas (Mat., VI, 20, 25). En cuanto a los demás deberes, el obispo los había hallado indicados y prescritos en otros lugares: para con los soberanos y los súbditos, en la Epístola a los romanos; para con los magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para con los maridos, los padres, los hijos y los sirvientes, en la Epístola a los efesios; para con los fieles, en la Epístola a los hebreos; para con las vírgenes, en la Epístola a los corintios. Realizaba laboriosamente con todas esas prescripciones un conjunto armonioso que quería brindar a las almas. A las ocho, todavía estaba entregado al trabajo, escribiendo de forma bastante incómoda en unos trocitos cuadrados de papel y con un libro grueso abierto en las rodillas, cuando entró la señora Magloire, como solía, para coger los cubiertos de plata en la alacena que estaba junto a la cama. Un momento después, el obispo, al caer en la cuenta de que estaba la mesa puesta y de que su hermana quizá lo estaba esperando, cerró el libro, se levantó de su mesa y entró en el comedor. El comedor era una habitación alargada, con chimenea, puerta a la calle (ya lo hemos dicho) y puerta al jardín. La señora Magloire estaba acabando, efectivamente, de poner la mesa. Mientras lo hacía, charlaba con la señorita Baptistine. Había una lámpara encima de la mesa; la mesa estaba junto a la chimenea. Había un fuego bastante bueno. Es fácil imaginar a ambas mujeres, ninguna de las dos cumplía ya los sesenta: la señora Magloire, baja, gruesa, vivaracha; la señorita Baptistine, dulce, delgada, frágil, algo más alta que su hermano, con un vestido de seda del color marrón rojizo que estaba de moda allá por 1806, que había comprado a la sazón en París y que todavía le duraba. Recurriendo a expresiones vulgares que tienen el mérito de decir en dos palabras una idea que una página bastaría apenas para expresar, la señora Magloire parecía de pueblo, y la señorita Baptistine, una señora. La señora Magloire llevaba un gorro blanco encañonado; al cuello, una cruz de oro con una cinta de terciopelo, la única alhaja femenina que había en la casa; una pañoleta muy blanca que le asomaba de un vestido de estameña negra con mangas anchas y cortas; un delantal de algodón de cuadros rojos y verdes, atado a la cintura con un lazo verde, y con peto a juego, sujeto con dos imperdibles; y calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de Marsella... 
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Segundo: La caída - Cap 01: Por la noche tras un día de caminata)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Segundo La caída Cap I : Por la noche tras un día de caminata. En los primeros días del mes de octubre de 1815, alrededor de una hora antes de que se pusiera el sol, entrababa en la población de Digne un hombre que viajaba a pie. Los pocos vecinos que estaban en ese momento asomados a la ventana o en el umbral de la puerta de su casa miraban a aquel viajero con algo parecido a la inquietud. Habría sido difícil dar con un transeúnte de aspecto más mísero. Era un hombre de estatura media, achaparrado y robusto, en la flor de la vida. Podía tener cuarenta y seis o cuarenta y ocho años. Una gorra con la visera de cuero doblada hacia abajo le tapaba a medias la cara atezada, tostada por el sol, que chorreaba sudor. Por la camisa de lienzo basto y amarillo, cuyo cuello cerraba un ancla de plata pequeña, le asomaba el pecho velludo; llevaba una corbata retorcida como una cuerda; un pantalón de dril azul, gastado y raído, blanco en una rodilla y con un agujero en la otra; un blusón viejo, gris y andrajoso, remendado en uno de los codos con un trozo de paño verde cosido con bramante; a la espalda un macuto de soldado, muy lleno, bien cerrado y nuevecito; en la mano un bastón enorme y nudoso; no llevaba medias y calzaba zapatos con clavos; tenía la cabeza afeitada y la barba crecida. El sudor, el calor, el viaje a pie, el polvo añadían un toque sórdido a aquel conjunto tan deteriorado. Llevaba el pelo al rape, pero también tieso, porque estaba empezando a crecerle un poco y parecía como si llevase cierto tiempo sin cortárselo. Nadie lo conocía. Estaba claro que no era sólo alguien que fuera de paso. ¿De dónde venía? Del sur. Quizá de orillas del mar. Porque entraba en Digne por la misma carretera que había visto pasar, siete meses antes, al emperador Napoleón camino de París desde Cannes. Aquel hombre debía de llevar todo el día andando. Parecía muy cansado. Unas mujeres de la parte antigua, que queda al pie de la colina, lo vieron pararse bajo los árboles del bulevar de Gassendi y beber en la fuente que está al final del paseo. Debía de tener mucha sed porque unos niños que lo iban siguiendo vieron que se volvía a parar para beber doscientos pasos más allá, en la fuente de la plaza del mercado. Al llegar a la esquina de la calle de Poichevert, giró a la izquierda y se encaminó al ayuntamiento. Entró y salió pasado un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto a la puerta, en el banco de piedra al que se subió el general Drouot el 4 de marzo para leer al gentío pasmado de Digne la proclamación de la playa de Golfo Juan. El hombre se quitó la gorra y saludó al gendarme con humildad.
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 14: Qué pensaba)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap XIV : Qué pensaba. Una última palabra. Como este tipo de detalles podría, sobre todo en la época en que vivimos, y por recurrir a una expresión que está ahora de moda, dar al obispo de Digne cierta fisonomía «panteísta» y dar a creer, bien para censurarlo, bien para alabarlo, que tenía una de esas filosofías personales, propias de nuestro siglo, que germinan a veces en las mentes solitarias y en ellas se edifican y crecen hasta ocupar el lugar de las religiones, insistimos en el hecho de que ni uno solo de quienes conocieron a monseñor Bienvenu se habría creído autorizado a pensar nada por el estilo. Lo que iluminaba a aquel hombre era el corazón. Su sabiduría consistía en la luz que de ahí procede. Ningún sistema y muchas obras. En las especulaciones abstrusas hay vértigo; nada indica que el obispo se aventurase por los apocalipsis. El apóstol puede ser atrevido, pero el obispo debe ser tímido. Probablemente le habría supuesto escrúpulos de conciencia ahondar demasiado en algunos problemas reservados, como quien dice, a las mentes preclaras y excelsas. Hay terror sagrado bajo los soportales de los enigmas; esos huecos sombríos están ahí, abiertos, pero hay algo que nos dice a los transeúntes de la vida que no entremos. ¡Ay de quien penetre en ellos! Los genios, en las honduras inauditas de la abstracción y de la especulación pura, colocándose como quien dice por encima de los dogmas, le proponen sus ideas a Dios. Su oración brinda audazmente la discusión. Su adoración interroga. Así es la religión directa, colmada de ansiedad y de responsabilidad para quien intenta escalar sus escarpadas pendientes. La meditación humana es ilimitada. Por su cuenta y riesgo analiza su propio deslumbramiento y ahonda en él. Podríamos casi decir que, por algo así como una reacción espléndida, deslumbra a su vez a la naturaleza; el misterioso mundo que nos rodea devuelve lo que recibe; es probable que a los contempladores los contemplen. Fuere como fuere, existen en la tierra hombres —¿son acaso hombres?— que divisan con claridad, al fondo de los horizontes del sueño, la cima de lo absoluto y que tienen la visión terrible de la montaña infinita. Monseñor Bienvenu no era de ésos; monseñor Bienvenu no era un genio. Lo habrían amedrentado esas cosas tan sublimes desde las que algunos, incluso los de mucha envergadura, como Swedenborg y Pascal, fueron cayendo en la demencia. Cierto es que esas poderosas ensoñaciones tienen su utilidad moral y por esos caminos arduos nos acercamos a la perfección ideal. Él tiraba por el camino más corto, el Evangelio.
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 13: Qué creía)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap XIII : Qué creía. Desde el punto de vista de la ortodoxia, no es menester que sondeemos al señor obispo de Digne. Ante un alma así, sólo nos apetece el respeto. Basta con la palabra de la conciencia del justo para que la creamos. Por lo demás, hay caracteres en los que admitimos que pueden prosperar todas las bellezas de la virtud humana dentro del marco de unas creencias que no coincidan con las nuestras. ¿Qué opinaba de este dogma o de aquel misterio? De esos secretos del fuero interno de cada cual sólo sabe la intimidad del sepulcro, donde las almas entran desnudas. De lo que estamos seguros es de que nunca resolvía las dificultades de la fe con hipocresías. En el diamante no puede darse podredumbre alguna. Creía lo más que podía creer. Credo in Patrem, exclamaba con frecuencia. Y, por lo demás, sacaba de las buenas obras la cantidad necesaria de satisfacción que le basta a la conciencia y le dice a uno en voz baja: ¡estás con Dios! De lo que creemos que debemos dejar constancia es de que, fuera de su fe, por decirlo de alguna manera, más allá de esa fe, al obispo le sobraba amor. Y por eso mismo, quia multum amavit, es por lo que les parecía vulnerable a «los hombres serios» y «las personas circunspectas», apelativos favoritos de este mundo nuestro tan triste donde la pedantería da consignas al egoísmo. ¿En que qué consistía ese exceso de amor? En una sonrisa bondadosa, que iba más allá de los hombres y, como ya indicamos anteriormente, llegaba a abarcar a las cosas. Vivía sin desdén, era indulgente con la creación de Dios. Todo hombre, incluso el mejor, alberga una dureza irreflexiva que se les reserva a los animales. En el obispo de Digne no había esa dureza, que es peculiar no obstante de muchos sacerdotes. No llegaba a ser un brahmán, pero parecía haber meditado en este dicho del Eclesiastés: «¿quién sabe dónde va el alma de los animales?». La fealdad en el aspecto y la deformidad en el instinto no lo alteraban ni lo indignaban. Lo emocionaban y casi lo enternecían. Daba la impresión de que, pensativo, iba a buscar causas, explicaciones o disculpas más allá de la vida aparente. A veces, parecía estar pidiéndole a Dios indultos. Examinaba sin ira y con la mirada del lingüista que descifra un palimpsesto todo el caos que aún se halla en la naturaleza. Esta ensoñación le arrancaba a veces frases extrañas. Una mañana estaba en su jardín y convencido de estar a solas, pero su hermana iba andando detrás de él sin que la viera; de pronto se detuvo y miró algo que había en el suelo; era una araña muy grande, negra, peluda, horrorosa. Su hermana oyó que decía: —¡Pobre bicho! ¿Qué culpa tiene él?
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 12: Soledad de monseñor Bienvenu)
Los Miserables Autor: Víctor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap XII : Soledad de monseñor Bienvenu. A un obispo lo rodea siempre una cuadrilla de sacerdotes jóvenes, de la misma forma que a un general lo rodea una bandada de oficiales jóvenes. Es lo que aquel delicioso san Francisco de Sales llama en algún sitio «los sacerdotes zangones». En toda carrera hay aspirantes que forman el cortejo de los que ya han llegado a la meta. No hay poder que no tenga séquito ni fortuna que no tenga cortesanos. Quienes buscan el porvenir revolotean en torno al presente espléndido. En toda metrópoli hay un estado mayor. Todo obispo con algo de influencia tiene cerca una patrulla de querubines seminaristas que hace la ronda y mantiene el orden en el palacio episcopal y monta guardia en torno a la sonrisa de monseñor. Agradar a un obispo es tener el pie en el estribo de un subdiaconado. No queda más remedio que hacer camino; el apostolado no le hace ascos a la canonjía. En todas partes hay peces gordos, también en la Iglesia hay peces gordos mitrados. Son los obispos bien situados, ricos, con buenas rentas, habilidosos, que cuentan con reconocimiento social, que saben rezar, desde luego, pero que también saben pedir, que no sienten escrúpulos en ser la antesala de toda la diócesis, vínculo entre la sacristía y la diplomacia, antes abades que sacerdotes, antes prelados que obispos. ¡Dichoso quien se acerque a ellos! Son personas influyentes que reparten a manos llenas, entre los asiduos y los recomendados y entre toda esa juventud que sabe agradar las buenas parroquias, las prebendas, los archidiaconados, las capellanías y los cargos catedralicios, en lo que llegan las dignidades episcopales. Según van avanzando ellos, progresan sus satélites; es un sistema solar completo en marcha. Sus rayos tiñen de púrpura a su séquito. Su prosperidad va echando miguitas en forma de ascensos pequeños, pero golosos. Cuanto mayor es la diócesis del jefe, más suculenta es la parroquia del favorito. Y además ahí está Roma. Un obispo que sabe llegar a arzobispo, un arzobispo que sabe llegar a cardenal, se lo lleva a uno de acompañante al cónclave, y así te metes en el tribunal de la Rota, así tienes derecho a palio, así acabas de auditor, de camarlengo, de monsignore; y de Su Ilustrísima a Su Eminencia no hay más que un paso, y de Su Eminencia a Su Santidad no hay más que el humo de una votación. Todo casquete puede soñar con la tiara. Y en nuestros días el sacerdote es el único hombre que puede llegar a rey con arreglo a las normas. ¡Y qué rey! El rey supremo. ¡Qué semillero de aspiraciones es, pues, un seminario! ¡Cuántos monaguillos ruborosos, cuántos curas jóvenes llevan en la cabeza el cántaro de la lechera! ¿Sabe alguien cómo la ambición puede pasar con facilidad a llamarse vocación? ¡Quizá de buena fe, y engañándose a sí misma, la muy inocente! Monseñor Bienvenu, humilde, pobre, peculiar, no figuraba en la lista de los peces gordos mitrados. Se notaba en que no lo rondaba ningún sacerdote joven. Ya vimos que en París «no cuajó». A ningún porvenir se le ocurría injertarse en aquel anciano solitario. Ninguna ambición en agraz cometía la locura de madurar a su sombra.
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August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 11: Una restricción)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap XI : Una restricción. Se equivocaría muy mucho quien llegase a la conclusión de que monseñor Bienvenu era «un obispo filósofo» o «un cura patriota». Aquel encuentro, que casi podría llamarse una conjunción, con el convencional G. le dejó cierto desconcierto que lo hizo aún más dulce. Y nada más. Aunque monseñor Bienvenu no fuera ni mucho menos un hombre político, es quizá éste el lugar de indicar muy brevemente cuál fue su actitud ante los sucesos de su época, dando por hecho que a monseñor Bienvenu nunca se le ocurrió tener una actitud. Remontémonos, pues, unos cuantos años. Poco tiempo después de la llegada de monseñor Myriel al episcopado, el emperador lo nombró barón del Imperio al tiempo que a unos cuantos obispos más. Como es bien sabido, la detención del papa ocurrió en la noche del 5 al 6 de julio de 1809; con tal motivo Napoleón convocó a monseñor Myriel al sínodo de los obispos de Francia y de Italia que se celebró en París. La sede de aquel sínodo fue Notre-Dame; y la primera reunión, el 15 de junio de 1811, estuvo bajo la presidencia de Su Eminencia el cardenal Fesch. Monseñor Myriel fue uno de los noventa y cinco obispos que acudieron. Pero sólo asistió a una sesión y a tres o cuatro deliberaciones privadas. Por ser obispo de una diócesis montañesa y por vivir tan cerca de la naturaleza, con rusticidad y penuria, introducía, al parecer, entre aquellos personajes eminentes, unas ideas que alteraban la temperatura de la reunión. Regresó enseguida a Digne. Le preguntaron cómo había vuelto tan pronto y contestó: «Los estorbaba. Por mí les llegaba el aire de fuera. Y les causaba la misma impresión que una puerta abierta». En otra ocasión dijo: «¿Qué quieren? Esos monseñores son unos príncipes. Y yo sólo soy un pobre obispo campesino». El hecho es que desagradó. Entre otras cosas peculiares, se le escaparon, por lo visto, una noche, cuando estaba en la residencia de uno de sus colegas más cualificados: «¡Qué preciosidad de relojes! ¡Qué preciosidad de alfombras! ¡Qué preciosidad de libreas! ¡Qué molesto debe de resultar! ¡Ay, no querría yo tener todas estas cosas superfluas chillándome continuamente: hay gente que pasa hambre, hay gente que pasa frío, hay pobres, hay pobres!». Dicho sea de paso, odiar el lujo no sería un odio sensato. Ese odio llevaría consigo el odio por las artes. No obstante, en la gente de iglesia, dejando aparte la representación y las ceremonias, el lujo es un error. Da la impresión de que revela costumbres en verdad muy poco caritativas. Un sacerdote opulento es un contrasentido. El sacerdote tiene que estar cerca de los pobres. Ahora bien, ¿es acaso posible estar continuamente, de día y de noche, en contacto con todos los desamparos, con todos los infortunios, con todas las indigencias sin llevar encima algo de esta santa miseria, como se lleva encima el polvo del trabajo? ¿Es concebible que un hombre que esté junto a una hoguera no tenga calor? ¿Es concebible que un obrero trabaje continuamente en un horno y no tenga ni un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una gota de sudor ni una mota de ceniza en la cara? En el sacerdote, y en el obispo sobre todo, la primera prueba de la caridad es la pobreza.
11:46
August 06, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 10: El obispo ante una luz desconocida)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap X : El obispo ante una luz desconocida. En una época algo posterior a la fecha de la carta citada en páginas anteriores, hizo el obispo algo que, si atendemos a lo que opinaron todos en la ciudad, entrañaba aún mayor riesgo que su paseo por las montañas de los bandidos. Había cerca de Digne, en el campo, un hombre que vivía aislado. Aquel hombre, digamos cuanto antes la palabra malsonante, había sido miembro de la Convención. Se llamaba G. En el ambiente corto de miras de Digne, hablaban del convencional G. con algo así como horror. Un convencional, ¡se dice pronto! Tenía que ver con aquellos tiempos en que todo el mundo se tuteaba y se llamaba «ciudadano». Ese hombre era casi un monstruo. No había votado la ejecución del rey, pero le había faltado poco. Era un regicida a medias. Qué espanto. ¿Cómo no habían llevado a aquel hombre, al regresar la casa reinante legítima, ante el tribunal de más alta instancia? No para cortarle la cabeza, de acuerdo, hay que ser clemente; pero sí un buen destierro para toda la vida. ¡Que sirviera de ejemplo, vamos! Etc., etc. Por lo demás, era un ateo, como toda la gente aquella. Comadreos de gansos sobre un buitre. ¿Era, por cierto, G. un buitre? Sí, ateniéndose a la huraña soledad en que vivía. Como no votó la ejecución del rey, no lo incluyeron en los decretos de destierro y pudo quedarse en Francia. Vivía a tres cuartos de hora de la ciudad, lejos de cualquier caserío, lejos de cualquier camino, a saber en qué hondonada perdida de un valle muy agreste. Tenía allí, a lo que decían, algo así como una casa en el campo, un agujero, un cubil. No había vecinos, ni siquiera transeúntes. Desde que vivía en aquel valle, el sendero que llevaba a él había desaparecido bajo la hierba. Se mencionaba aquel sitio como se menciona la casa del verdugo. Pero el obispo reflexionaba y, de vez en cuando, miraba el punto del horizonte en que un grupito de árboles señalaba el valle del convencional ya anciano; y se decía: Hay ahí un alma que está sola. Y, en lo hondo del pensamiento, añadía: «Debo ir a verlo». Pero hemos de confesar que aquella idea, natural a primera vista, le parecía, tras pensarlo un momento, rara e imposible; e incluso repugnante. Pues, en el fondo, compartía la impresión general y el convencional le inspiraba, sin darse cuenta con claridad, ese sentimiento que es como la frontera del odio y que también queda expresado en la palabra distanciamiento. No obstante, ¿debe retroceder el pastor ante el cordero sarnoso? No. ¡Pero menudo cordero...! El buen obispo estaba perplejo. A veces echaba a andar hacia allá, y luego se volvía.
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 09: De lo que la hermana cuenta del hermano)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap IX : De lo que la hermana cuenta del hermano. Para dar una idea del funcionamiento doméstico del señor obispo de Digne y de la forma en que aquellas dos santas mujeres subordinaban sus hechos, sus pensamientos e incluso sus instintos de mujeres fácilmente asustadizas a las costumbres y a las intenciones del obispo, sin qué éste tuviera siquiera que molestarse en hablar para darlas a conocer, no podemos hacer nada mejor que transcribir aquí una carta de la señorita Baptistine a la señora vizcondesa de Boischevron, amiga de la infancia. Estamos en posesión de esa carta. Digne, a 16 de diciembre de 18... «Mi buena amiga: »No pasa día en que no hablemos de usted. Es una costumbre que tenemos, pero ahora hay una razón más. Ha de saber que, al lavar y quitar el polvo a los techos y las paredes, la señora Magloire ha hecho unos cuantos descubrimientos: ahora nuestros dos cuartos, que tenían en las paredes un papel viejo y enlucido con cal, no desentonarían en un palacio como el suyo. La señora Magloire ha arrancado todo el papel. Y había algo debajo. Mi salón, que está sin amueblar y que usamos para tender la ropa después de la colada, tiene quince pies de alto y dieciocho pies cuadrados de ancho y un techo antiguo pintado con dorados y vigas, como los que hay en casa de usted. Estaba tapado con una tela de los tiempos en que esta casa era el hospital. Y, además, revestimientos de madera de tiempos de nuestras abuelas. Pero lo que es digno de verse es mi cuarto. La señora Magloire ha encontrado, debajo de por lo menos diez papeles que habían ido pegando encima, unas pinturas que, sin ser buenas, son tolerables. Minerva armando caballero a Telémaco, y otra vez Telémaco en unos jardines de cuyo nombre no me acuerdo. Un sitio donde iban sólo una noche las damas romanas, vamos. ¿Qué más le podría contar? Tengo romanos, romanas (aquí una palabra ilegible) y toda la pesca. La señora Magloire le ha lavado la cara a todo; este verano va a arreglar unos cuantos deterioros, le dará a todo una mano de barniz y mi cuarto será un auténtico museo. También ha encontrado en un rincón del desván dos consolas de madera, a la antigua. Nos pedían dos escudos de seis libras por volver a dorar la madera, pero vale más darles ese dinero a los pobres; además, son muy feas, y preferiría una mesa redonda de caoba.
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 08: Primero beber y luego filosofar)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap VII : Primero beber y luego filosofar. El senador ya mencionado era hombre entendido, que había caminado recto sin atender a todos esos encuentros que son un estorbo y se llaman conciencia, juramentos, justicia y deber; había ido en derechura a su meta y sin titubear ni una vez en el camino de su progreso y sus intereses. Había sido fiscal, con mucha blandura para el éxito; y muy buena persona, haciendo cuantos menudos favores podía a sus hijos, a sus yernos, e incluso a los amigos; de la vida había tomado, sensatamente, el lado bueno, las buenas ocasiones y las gangas. Todo lo demás le parecía bastante necio. Era ingenioso, y, aunque no muy erudito, sí lo suficiente para creerse un discípulo de Epicuro, siendo así que no era quizá sino una consecuencia de Pigault-Lebrun. Gustaba de burlarse, y con gran amabilidad, de las cosas infinitas y eternas y de las «monsergas del buenazo del obispo». A veces se burlaba, con campechana autoridad, delante del propio monseñor Myriel, que lo escuchaba. Con motivo de no sé ya qué ceremonia, oficial a medias, el conde *** (el senador en cuestión) y monseñor Myriel tuvieron que cenar en casa del prefecto. A los postres, el senador, un tanto achispado, aunque sin perder la dignidad, exclamó: —Caramba, señor obispo, hablemos. Es difícil que un senador y un obispo se miren sin hacerse un guiño. Somos dos augures. Voy a confesarle algo. Tengo mi propia filosofía. —Hace usted muy bien —contestó el obispo—. Dime con quién andas y te diré cómo filosofas. Y usted anda por una alfombra de púrpura, señor senador. El senador, al verse así animado, siguió diciendo: —Vamos a ser buenos chicos. —E incluso buenos demonios —dijo el obispo. —Pongo en su conocimiento —repuso el senador— que el marqués de Argens, Pirrón, Hobbes y el señor Naigeon no son ningunos granujas. Tengo en mis estanterías a todos mis filósofos en encuadernación con mucho lujo. —Igualito que usted, señor conde —interrumpió el obispo. El senador siguió diciendo: —Aborrezco a Diderot; es un ideólogo, un orador de poca monta y un revolucionario que en el fondo creía en Dios y era más beato que Voltaire. Voltaire se burló de Needham y se equivocó, porque las anguilas de Needham son la prueba de que Dios no es preciso. Una gota de vinagre en una cucharada de masa de harina hace las veces del fiat lux. 
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 07: Cravatte)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap VII : Cravatte. Aquí viene a cuento un hecho que no debemos omitir, pues es de esos que permiten ver mejor qué hombre era el señor obispo de Digne. Tras la desintegración de la partida de Gaspard Bès, que infestó las gargantas de Ollioules, uno de sus lugartenientes, Cravatte, buscó refugio en la montaña. Estuvo escondido una temporada con sus bandidos, lo que quedaba de la banda de Gaspard Bès, en el condado de Niza; se fue luego al Piamonte y volvió a aparecer de repente en Francia, por la zona de Barcelonnette. Se escondió en las cuevas de Le Joug-de-l’Aigle y desde allí bajaba a las aldeas y los pueblos por los barrancos de Ubaye y Ubayette. Llegó incluso hasta Embrun, entró de noche en la catedral y desvalijó la sacristía. Sus bandidos asolaban la comarca. Mandaron a la gendarmería a perseguirlo, pero en vano. Siempre se escabullía; a veces resistía por la fuerza. Era un miserable muy atrevido. El obispo llegó en pleno terror. Estaba de gira por Chastelar. El alcalde fue a verlo y lo animó a volverse por donde había venido. Cravatte era el amo de la montaña hasta Arche y más allá; había peligro, incluso con escolta. Era exponer inútilmente a tres o cuatro pobres gendarmes. —Por eso mismo —dijo el obispo— tengo intención de ir sin escolta. —Pero ¡cómo se le ocurre a Su Ilustrísima! —Tanto se me ocurre que me niego tajantemente a que vengan conmigo unos gendarmes y me marcho dentro de una hora. —¿Que se va? —Me voy. —¿Solo? —Solo. —¡Monseñor! ¡No puede hacer semejante cosa! —Hay en la montaña —siguió diciendo el obispo— un municipio muy humilde y muy pequeño por que el que llevo tres años sin aparecer. Tengo muy buenos amigos, son pastores mansos y honrados; de cada treinta cabras que cuidan, una es suya. Hacen unos cordones de lana muy bonitos de varios colores y tocan melodías de las montañas en unos flautines de seis agujeros. Necesitan que alguien les hable de Dios de vez en cuando. ¿Qué dirían de un obispo miedoso? ¿Qué dirían si no fuera? —¡Pero, Ilustrísima, los bandidos! —Caramba —dijo el obispo—, ahora que caigo, tiene razón. Es posible que me encuentre con ellos. Ellos también deben de estar necesitados de que alguien les hable de Dios. —Pero, Ilustrísima, ¡si es una partida! ¡Un rebaño de lobos! —Señor alcalde, a lo mejor es precisamente de ese rebaño del que Dios me hizo pastor. ¿Quién conoce los caminos de la Providencia? —¡Desvalijarán a Su Ilustrísima! —No tengo nada. —Matarán a monseñor. —¿Un cura viejo que pasa mascullando sandeces? ¡Bah! ¿Para qué? —¡Ay, Dios mío! ¡Mira que si se los encuentra Su Ilustrísima! —Les pediré una limosna para mis pobres. —¡No vaya, monseñor, en nombre del cielo! Pone en peligro su vida.
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 06: De quién le guardaba la casa)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap VI : De quién le guardaba la casa. La casa en que vivía se componía, como ya hemos dicho, de una planta baja y un único piso: tres habitaciones en la planta baja, tres dormitorios en el primer piso; encima, un desván. Detrás de la casa, un jardín de un cuarto de área. Las dos mujeres ocupaban el primer piso. El obispo vivía abajo. La primera habitación, que daba a la calle, la usaba de comedor; la segunda, de dormitorio, y la tercera, de oratorio. No se podía salir del oratorio sin pasar por el dormitorio ni salir del dormitorio sin pasar por el comedor. En el oratorio, al fondo, había una alcoba cerrada y con una cama, para los casos de hospitalidad. El señor obispo ofrecía esa cama a los párrocos rurales que venían a Digne por asuntos o necesidades de sus parroquias. La farmacia del hospital, un edificio pequeño añadido a la casa a expensas del jardín, lo habían convertido en cocina y bodega. Había además en el jardín un establo, que era la antigua cocina del hospicio, donde el obispo tenía dos vacas. Diesen la cantidad de leche que diesen, les mandaba invariablemente todas las mañanas la mitad a los enfermos del hospital. «Pago el diezmo que me corresponde», decía. Su cuarto era bastante grande y bastante difícil de calentar en la estación fría. Como la leña está cara en Digne, se le había ocurrido que le hicieran en el establo de las vacas un compartimento que cerraba un tabique de tablones. Allí se pasaba las veladas cuando apretaba el frío. Lo llamaba el salón de invierno. No había en aquel salón de invierno, lo mismo que en el comedor, más muebles que una mesa cuadrada de madera de pino y cuatro sillas de enea. El comedor contaba además con un aparador viejo pintado de rosa al temple. El otro aparador a juego, convenientemente vestido con sabanillas blancas y encajes de imitación, lo había convertido el obispo en el altar que ornaba el oratorio. Sus penitentes ricas y las mujeres piadosas de Digne habían aportado contribuciones con frecuencia para costear un buen altar nuevo para el oratorio de Su Ilustrísima; en todas y cada una de las ocasiones, el obispo cogió el dinero y se lo dio a los pobres. —El altar más hermoso —decía— es el alma de un desdichado que ha hallado consuelo y se lo agradece a Dios. Había en el oratorio dos reclinatorios de enea y un sillón también de enea en el dormitorio. Cuando, por casualidad, recibía a siete u ocho personas a la vez, al prefecto, o al general, o al estado mayor del regimiento de la guarnición, o a unos cuantos alumnos del seminario menor, no quedaba más remedio que ir al establo por las sillas del salón de invierno, al oratorio por los reclinatorios y al dormitorio por el sillón; así era posible reunir hasta once asientos para las visitas. Cada vez que llegaba una visita, había que dejar sin muebles una habitación.
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 05: De que a monseñor Bienvenu le duraban demasiado las sotanas)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap V : De que a monseñor Bienvenu le duraban demasiado las sotanas. La vida interior de monseñor Myriel la colmaban los mismos pensamientos de su vida pública. Para quien hubiera podido verla de cerca, esa pobreza voluntaria en que vivía el obispo de Digne habría sido un espectáculo solemne y delicioso. Como todos los ancianos y como la mayoría de los pensadores, dormía poco. Aquel breve sueño era profundo. Por la mañana, tras una hora de recogimiento, decía misa, o en la catedral o en su casa. Tras decir misa, almorzaba pan de centeno mojado en leche de sus vacas. Después, trabajaba. Un obispo es un hombre muy ocupado; tiene que recibir a diario al secretario del obispado, que suele ser un canónigo; y casi a diario a los vicarios episcopales. Tiene que supervisar congregaciones, que conceder privilegios, que pasar revista a toda una librería eclesiástica, misales, catecismos diocesanos, libros de horas, etc.; que escribir pastorales, autorizar sermones, poner de acuerdo a párrocos y alcaldes, llevar una correspondencia clerical, llevar una correspondencia administrativa, por acá el Estado, por allá la Santa Sede, miles de asuntos. El tiempo que le dejaban libre esos miles de asuntos y los oficios y el breviario lo dedicaba, en primer lugar, a los necesitados, a los enfermos y los afligidos; y el tiempo que le dejaban libre los necesitados, los enfermos y los afligidos lo dedicaba al trabajo. Ora cavaba el jardín, ora leía y escribía. No tenía sino una única palabra para esos dos tipos de trabajo: lo llamaba dedicarse a la jardinería. «La mente es un jardín», decía. A eso del mediodía, cuando hacía bueno, salía y paseaba a pie por el campo o por la ciudad, entrando a menudo en las casuchas. Lo veían ir andando, solo, absorto en sus pensamientos, con la mirada baja, apoyado en el largo bastón, vistiendo el abrigado gabán guateado y de color morado, calzando medias moradas y zapatos recios, tocado con el bonete por cuyos tres picos asomaban tres borlas de oro con flecos. Nacía una alegría festiva por donde pasaba. Hubiérase dicho que en aquella presencia había algo cálido y luminoso. Los niños y los ancianos salían al umbral de las puertas cuando llegaba el obispo como cuando salía el sol. Bendecía y lo bendecían. Le indicaban la casa de quien anduviera necesitado de algo. Se detenía acá y allá, hablaba a los chiquillos y a las niñas y sonreía a las madres. Iba a visitar a los pobres cuando tenía dinero; cuando se le acababa, iba a visitar a los ricos. Como las sotanas le duraban demasiado y no quería que nadie se diera cuenta, nunca salía sin el gabán morado, lo que le resultaba algo molesto en verano. Al volver, comía. La comida era como el almuerzo. Por la noche, a las ocho, cenaba con su hermana; la señora Magloire se quedaba de pie detrás de ellos y los atendía. Era una cena frugalísima. Pero si el obispo había invitado a cenar a uno de sus párrocos, la señora Magloire aprovechaba para servirle a Su Ilustrísima algún pescado excelente de los lagos o alguna pieza de caza exquisita de la montaña. Todos los párrocos valían de pretexto para servir buenas cenas; el obispo se lo consentía. Pero, fuera de esas ocasiones, a diario no comía sino verdura cocida y sopa con aceite. Así que en la ciudad decían: «Cuando el obispo no come como un cura, come como un trapense». Después de cenar, charlaba media hora con la señorita Baptistine y la señora Magloire; luego, se volvía a su cuarto y seguía escribiendo, a veces en hojas sueltas y a veces en los márgenes de algún tomo infolio. Era letrado y algo erudito...
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 04: Las obras acordes con las palabras)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap IV : Las obras acordes con las palabras. Era de conversación afable y jovial. Se ponía a la altura de las dos ancianas que se pasaban la vida a su lado; cuando reía, era con la risa de un colegial. La señora Magloire gustaba de llamarlo Su Grandeza. Un día, se levantó del sillón y fue a las estanterías a buscar un libro. El libro estaba en una de las baldas de arriba. Como el obispo era bastante bajo, no llegaba: —Señora Magloire —dijo—, tráigame una silla. Mi Grandeza no alcanza esa balda. Una de sus parientes lejanas, la señora condesa de Lô, dejaba escapar pocas veces la oportunidad de enumerar en presencia suya lo que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos varones. Tenía varios ascendientes muy viejos que se acercaban ya a la hora de la muerte y cuyos herederos naturales eran sus hijos. Al más joven de los tres le iba a tocar recoger de una tía abuela cien mil buenas libras de renta; el segundo iba a heredar el título de duque de su tío; el mayor sucedería en la Cámara Alta a su abuelo. El obispo solía escuchar sin decir nada esas inocentes y disculpables exhibiciones maternas. En una ocasión, no obstante, parecía más pensativo que de costumbre mientras la señora de Lô repetía los detalles de todas aquellas sucesiones y de todas aquellas «esperanzas». Se interrumpió con cierta impaciencia: —¡Por Dios, primo! Pero ¿en qué está pensando? —Pienso —dijo el obispo— en algo muy singular, que dice, a lo que me parece, san Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel que no tiene sucesores». En otra ocasión, al recibir una participación de defunción de un noble de la comarca, en la que ocupaban una página muy larga no sólo las dignidades del difunto sino todos los cargos feudales y los títulos nobiliarios de todos sus parientes, exclamó: —¡Qué socorrido es eso de morirse! ¡Qué admirable carga de títulos le echamos a las espaldas tan alegremente a la muerte y qué ingeniosos tienen que ser los hombres para poner de esta forma la tumba al servicio de la vanidad! Cuando venía a cuento, se burlaba con una benignidad en la que casi siempre había un fondo serio. En una temporada de cuaresma, vino a Digne un vicario joven y predicó en la catedral. Fue bastante elocuente. El tema de su sermón era la caridad. Animó a los ricos a que dieran a los indigentes para no ir al infierno, que describió de forma tan espantosa cuanto le fue dado, y para ganarse el cielo, que pintó deseable y delicioso. Había entre los oyentes un comerciante rico y ya retirado, un tanto usurero, que se llamaba Géborand y había ganado dos millones fabricando paños bastos, sargas y quinetes. El señor Géborand no había dado limosna en la vida a ningún pobre. A partir de ese sermón, todos notaron que les daba todos los domingos cinco céntimos a las mendigas ancianas del pórtico de la catedral. Se los repartían entre seis. Un día el obispo lo vio entregado a esa obra de caridad y le dijo a su hermana, sonriendo: —Ahí está el señor Géborand comprándose cinco céntimos de paraíso. Cuando de caridad se trataba, ni siquiera una negativa lo echaba para atrás; y se le ocurrían en esos casos frases que hacían pensar. Una vez en que estaba pidiendo para los pobres en un salón de la ciudad, estaba presente el marqués de Champtercier, viejo, rico y avaro y que, además, se las apañaba para ser al tiempo ultramonárquico y ultravolteriano. Es una modalidad que se ha dado. Cuando el obispo llegó a él, le tocó el brazo: —Señor marqués, tiene que darme algo. El marqués se volvió y contestó, muy seco: —Ilustrísima, yo tengo mis pobres. —Démelos —dijo el obispo.
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 03 : A obispo bueno, obispado arduo)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap III : A obispo bueno, obispado arduo. No dejaba de hacer giras el señor obispo por el hecho de haber convertido su carroza en limosnas. La diócesis de Digne resulta cansada. Cuenta con muy pocas llanuras, con muchas montañas y con casi ninguna carretera, como hemos visto hace poco; treinta y dos parroquias, cuarenta y un vicariatos y doscientas veinticinco sucursales. Visitarlo todo no es cosa de poco. El señor obispo lo conseguía. Iba a pie cuando le caía cerca, en carreta por la llanura y en artolas por la montaña. Lo acompañaban las dos ancianas. Cuando el trayecto era demasiado penoso, iba solo. Llegó un día a Senez, que es una antigua ciudad episcopal, a lomos de un burro. Su bolsa, muy vacía por entonces, no le permitía otra forma de viajar. El alcalde de la ciudad fue a recibirlo a la puerta del obispado y lo miraba apearse del burro con ojos escandalizados. Unos cuantos vecinos acomodados se reían en torno. —Señor alcalde —dijo el obispo— y señores vecinos, ya veo qué los escandaliza; les parece que peca de orgulloso un pobre cura que va subido en la misma montura que Jesucristo. Puedo asegurarles que si lo he hecho ha sido por necesidad, no por vanidad. En aquellas giras era indulgente y dulce; y, más que predicar, charlaba. No colocaba nunca virtud alguna en una meseta inaccesible. Nunca eran rebuscados ni sus razonamientos ni sus modelos. A los vecinos de una comarca les ponía de ejemplo a los de la comarca de al lado. En los cantones donde eran duros de corazón con los necesitados, decía: «Fijaos en los de Briançon. Les han concedido a los indigentes, las viudas y los huérfanos el derecho de segar sus prados tres días antes que los demás. Les vuelven a construir gratis las casas cuando se caen en ruinas. Y por eso es una comarca bendita de Dios. En todo un siglo de cien años no ha habido ni un asesino». En los pueblos avariciosos para las ganancias y la siega, decía: «Fijaos en los de Embrun. Si un padre de familia, en tiempos de siega, tiene a los hijos sirviendo al ejército y a las hijas sirviendo en la ciudad y se halla enfermo e impedido, el párroco encarece su caso en el sermón; y el domingo, a la salida de misa, todas las personas de la aldea, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre hombre a segar y le llevan la paja y el grano al granero». A las familias enemistadas por cuestiones de dinero y herencias, les decía: «Fijaos en los montañeses de Dévoluy, una comarca tan agreste que en cincuenta años no se oye ni una vez un ruiseñor. Pues cuando muere un padre de familia, los hijos se van a buscar fortuna y les dejan los bienes a las hijas para que puedan encontrar marido». En los cantones donde gustan de los pleitos y los granjeros se dejan el dinero en papel sellado, decía: «Fijaos en esos buenos labriegos del valle de Queyras. Viven allí tres mil almas. ¡Dios mío, si es como una república en pequeño! Y no saben qué es ni un juez ni un alguacil. Todo lo hace el alcalde. Reparte los impuestos, grava a todos y a cada uno en conciencia, ejerce de juez gratis en las discrepancias, reparte los patrimonios sin pedir honorarios, dicta sentencia sin gastos; y lo obedecen porque es un hombre justo entre hombres sencillos». En los pueblos en que se encontraba con que no había maestro de escuela, volvía a citar a los vecinos de Queyras: «¿Sabéis lo que hacen? —decía—. Como una zona pequeña, de doce o quince hogares, no siempre puede dar de comer a un magíster, tienen maestros que cobran de todo el valle y van de pueblo en pueblo; pasan ocho días acá y diez allá y dan clase. Esos magísteres van a las ferias, y allí los he visto...
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Cap 02 : Monseñor Myriel se convierte en monseñor Bienvenu)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Primera Parte: Fantine Libro Primero Un justo Cap II : Monseñor Myriel se convierte en monseñor Bienvenu El palacio episcopal de Digne era un edificio contiguo al hospital. El palacio episcopal era amplio y hermoso; lo había construido en piedra a principios del siglo anterior monseñor Henri Puget, doctor en Teología por la Facultad de París y abad de Simore, que fue obispo de Digne en 1712. Aquel palacio era una auténtica mansión señorial. Todo era de aspecto grandioso: los aposentos del obispo; los salones; las estancias; el patio principal, anchuroso y con paseos porticados como era antaño uso en Florencia, y los jardines donde crecían árboles espléndidos. En el comedor, una galería larga y soberbia, sita en la planta baja y que daba a los jardines, monseñor Henri Puget dio un almuerzo de gala el 29 de julio de 1714 a Sus Ilustrísimas Charles Brûlart de Genlis, obispo-príncipe de Embrun; Antoine de Mesgrigny, capuchino y obispo de Grasse; Philippe de Vendôme, prior mayor de Francia y abad de Saint-Honoré de Lérins; François de Berton de Crillon, obispo-barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo-señor de Glandève, y Jean Soanen, sacerdote del oratorio, predicador ordinario del rey y obispo-señor de Senez. Los retratos de aquellos siete reverendos personajes decoraban esa estancia; y aquella fecha memorable: 29 de julio de 1714, estaba grabada en letras de oro en una mesa de mármol blanco. El hospital era una casa estrecha y baja, de una sola planta, y con un jardincillo. Tres días después de haber llegado, el obispo visitó el hospital. Al concluir la visita, pidió al director que tuviera a bien ir a verlo a palacio. —Señor director del hospital —le dijo—, ¿cuántos enfermos tiene en este momento? —Veintiséis, Ilustrísima. —Sí, ésa es la cuenta que me salía a mí —dijo el obispo. —Las camas —siguió diciendo el director— están muy juntas. —Eso había notado. —Las salas no son sino cuartos, y cuesta ventilarlos. —Eso me parece. —Y además, cuando sale un rayo de sol, el jardín se queda muy pequeño para los convalecientes. —Es lo que me estaba diciendo. —En las epidemias, este año hubo una de tifus y hace dos años una de fiebre miliaria, a veces tenemos cien enfermos; y no sabemos qué hacer. —Eso había pensado. —Qué le vamos a hacer, Ilustrísima —dijo el director—. Hay que tomárselo con resignación. Aquella conversación transcurría en el comedor-galería de la planta baja. El obispo calló un momento; luego, se volvió de pronto hacia el director del hospital. —Señor director —dijo—, ¿cuántas camas cree que cabrían sólo en esta estancia? —¿El comedor de Su Ilustrísima? —exclamó el director, estupefacto. El obispo recorría la sala con la mirada y parecía estar tomando medidas y calculando a ojo. —¡Por lo menos cabrían veinte camas! —dijo, como si hablase consigo mismo; luego, alzando la voz—: Mire, señor director del hospital, voy a decirle algo. Está claro que hay una equivocación. Son ustedes veintiséis personas en cinco o seis cuartos pequeños. Nosotros, aquí, somos tres y tenemos sitio para sesenta. Le digo que hay un error. Está usted en mi vivienda y yo en la suya. Devuélvame mi casa. La suya es ésta. Al día siguiente, los veintiséis pobres estaban acomodados en el palacio del obispo y el obispo estaba en el hospital. Monseñor Myriel no tenía bienes de fortuna porque su familia había quedado en la ruina durante la Revolución...
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August 03, 2022
Los Miserables de Victor Hugo (1ra Parte: Fantine - Libro Primero: Un justo - Capitulo 01 : Monseñor Myriel)
Los Miserables Autor: Victor Hugo  Primera Parte: Fantine Libro Primero: Un justo  Cap I : Monseñor Myriel En 1815, Charles-François-Bienvenu Myriel era obispo de Digne. Era un anciano que rondaba los setenta y cinco años; llevaba al cargo de la diócesis de Digne desde 1806. Por más que se trate de un detalle sin relación alguna con el fondo propiamente dicho de lo que queremos relatar, no será quizá ocioso, aunque no fuera más que para no faltar en nada a la exactitud, que dejemos constancia aquí de los rumores y los dichos que acerca de él corrieron cuando llegó a la mencionada diócesis. Bien sea cierto, bien sea falso, lo que de los hombres se dice ocupa con frecuencia tanto espacio en sus vidas, y sobre todo en sus destinos, como aquello que hacen. Monseñor Myriel era hijo de un consejero del Parlamento de Aix: nobleza de toga. Contaban de él que su padre, que lo destinaba a heredar su cargo, lo había casado a edad muy temprana, a los dieciocho o los veinte años, ateniéndose a una costumbre muy usual entre las familias de parlamentarios. Pese a dicho matrimonio, Charles Myriel había dado, a lo que decían, mucho que hablar. Era apuesto, aunque de corta estatura; elegante, encantador e ingenioso; consagró por completo la primera parte de su existencia a la vida en sociedad y al galanteo. Llegó la Revolución, los acontecimientos se aceleraron, las familias de parlamentarios, diezmadas, expulsadas, acosadas, se dispersaron. Charles Myriel emigró a Italia nada más empezar la Revolución. Allí murió su mujer de una enfermedad del pecho que padecía hacía mucho. No tenían hijos. ¿Qué aconteció luego en el destino de monseñor Myriel? ¿Acaso el desplome de la anterior sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos de 1893, más aterradores aún, posiblemente, para los emigrados, que los presenciaban desde lejos con el aumento que les prestaba el pavor, hicieron germinar en él ideas de renuncia y soledad? ¿Acaso lo alcanzó de súbito, en medio de algunas de aquellas distracciones y afectos que le llenaban la vida, uno de esos golpes misteriosos y terribles que a veces derriban, alcanzándolo en el corazón, al hombre a quien las catástrofes públicas no inmutarían al afectarlo en su vida o su fortuna? Nadie habría podido decirlo; todo cuanto se sabía era que, al regresar de Italia, era sacerdote. En 1804, el padre Myriel era párroco de Brignoles. Era ya viejo y vivía en completo retiro. Por la época de la coronación, un asuntillo de su parroquia, del que nadie se acuerda ya, lo llevó a París. Fue a abogar por sus parroquianos, además de ante otras personas poderosas, ante el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido a visitar a su tío, el digno párroco, que estaba esperando en la antecámara, se halló en el camino de paso de Su Majestad. Napoleón, al ver que aquel anciano lo miraba con cierta curiosidad, se volvió y dijo con brusquedad: —¿Quién es ese hombrecillo que me está mirando? —Su Majestad está mirando a un hombrecillo —dijo monseñor Myriel—, y yo, a un gran hombre. Ambos podemos sacar provecho. Esa misma noche el emperador le preguntó al cardenal cómo se llamaba aquel párroco y, poco tiempo después, el sacerdote se quedó sorprendidísimo al enterarse de que lo habían nombrado obispo de Digne. ¿Qué había de cierto, por lo demás, en lo que se contaba acerca de la primera parte de la vida de monseñor Myriel? Nadie lo sabía. Pocas familias habían conocido a la familia Myriel antes de la Revolución. Monseñor Myriel tuvo que padecer la suerte de todo recién llegado a una ciudad pequeña en donde hay muchas bocas que hablan y poquísimas cabezas que piensan...
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August 02, 2022
Los Miserables de Víctor Hugo (Prologo)
Los Miserables Autor: Victor Hugo Título original: Les misérables Victor Hugo, 1862 Traducción: María Teresa Gallego Urrutia Jean Valjean ha cumplido una condena de casi veinte años por robar comida para su familia. Fuera de la cárcel, marginado por la sociedad, no le queda más remedio que seguir robando. Un inesperado encuentro con el obispo Myriel le hará cambiar de actitud y redimirse. Tras adoptar una nueva identidad, logra hacerse con una posición acomodada que le permite ayudar a los vecinos de Montreuil y a Cosette, la hija de Fantine, una mujer obligada a prostituirse para subsistir. Pero la justicia le sigue los pasos por haber reincidido tras salir de la cárcel. La implacable persecución del policía Javert, un hombre de estricta moral, le obliga a emprender una huida permanente que le llevará a esconderse en conventos y cloacas, y a pasar por los campos de batalla de Waterloo y por las barricadas del París revolucionario de 1832. Siempre buscando para sí y para los demás una justicia que le es negada. Los miserables es una de las obras clásicas de la literatura universal. Fue escrita en cinco volúmenes, en 1862, por Victor Hugo, uno de los autores más importantes de la historia de la literatura francesa. Es una obra fundamental, no sólo por sus valores literarios, sino también por su denuncia de la miseria, la pobreza y la explotación; su reflexión sobre el bien y el mal; y su defensa de la justicia, la ética y la solidaridad humana en momentos adversos. Ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones y es la base del mundialmente conocido musical homónimo. La presente traducción de Los miserables, a cargo de María Teresa (Gallego Urrutia, es la primera totalmente íntegra y fidedigna que se pone a disposición del lector en lengua castellana de esta obra maestra de Victor Hugo. Prologo Mientras permitan las leyes y las costumbres la existencia de una condena social que cree infiernos de forma artificial, en plena civilización, y añada la complicación de una fatalidad humana al destino, que es divino; mientras los tres problemas de este siglo, el proletariado que degrada al hombre, el hambre que pierde a la mujer, la oscuridad que atrofia al niño, no se resuelvan; mientras en algunas comarcas pueda existir la asfixia social; dicho de otra forma, y desde un punto de vista aún más amplio, mientras haya en la tierra ignorancia y miseria, no podrán carecer de utilidad libros como éste. Hauteville-House, primero de enero de 1862
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August 02, 2022
El Principito de Antoine de Saint-Exupéry-Cap IXX-XXVII - 03
Antoine de Saint-Exupéry El Principito Novela:Novela corta, Fábula, Literatura Infantil, Ficción especulativa. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (IXX-XXVII - 03) CAP IXX - XXVII XIX El Principito escala una gran montaña, y descubre el eco, que lo lleva a reflexionar acerca de la falta de originalidad de los hombres. XX El Principito llega al fin a un camino, junto a un jardín lleno de rosas. Descubre entonces que la flor que dejó en su planeta no era una flor única, sino una más de las tantas rosas que existen. Esto lo entristece mucho. XXI Al fin, conoce a un zorro, quien también está en búsqueda de un amigo, un ser al cual “domesticar”, es decir, alguien con quien formar un vínculo de amistad. Ambos llegan a ser amigos, y en este proceso, el Principito descubrirá lo que realmente hacía especial a su flor. El zorro y el Principito se separan, luego de que el zorro le revela su secreto: sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos. XXII Siguiendo su camino, el Principito se encuentra con un guardavía, quien le explica su trabajo, consistente en agrupar pasajeros y embarcarlos en trenes. El guardavía ignora los motivos que llevan a la gente a movilizarse de un lugar a otro tan rápidamente. XXIII El Principito conoce a un comerciante, un vendedor de píldoras que evitan la sed. Esto proporciona tiempo extra que, desde el punto de vista del Principito, bien podría emplearse en dirigirse a una fuente para beber. XXIV El Aviador, quien no ha podido reparar su avión, dice al Principito que si no consiguen agua, morirán de sed. El Principito replica que es bueno haber tenido un amigo, aún si se va a morir. Ambos empiezan a buscar un pozo. El Principito se queda dormido pensando en su flor, mientras el Aviador decide llevarlo en sus brazos, hasta que logran encontrar un pozo. XXV El Principito y el Aviador satisfacen su sed, al tiempo que conversan sobre lo extraños que son los hombres. El Principito ríe al ver los dibujos que ha hecho el Aviador, y recuerda que está por cumplirse un año desde su llegada a la Tierra. El Aviador deja al Principito, pues debe reparar su avión.
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May 01, 2022
El Principito de Antoine de Saint-Exupéry-Cap IX-XVIII - 02
Antoine de Saint-Exupéry El Principito Novela:Novela corta, Fábula, Literatura Infantil, Ficción especulativa. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (IX-XVIII - 02) CAP IX - XVIII IX El Principito decide dejar su planeta, y decide aprovechar el vuelo de una bandada de pájaros para dejar su mundo. Antes de irse, limpia los volcanes, poda los baobabs y se despide de la flor, la cual le dice que lo ama y le pide disculpas por no haberse hecho entender, al tiempo que le recrimina al Principito haber sido tan tonto como ella. La flor apura al Principito para que parta sin que la vea llorar. X El Principito inicia un periplo por otros asteroides. El primero que visita está habitado por un rey, quien aparenta ostentar un gran poder pero que al mismo tiempo evidencia carecer de súbditos para ejercerlo. Le pide al Principito que se quede con él, pero el Principito decide continuar su viaje. XI El segundo planeta que visita el Principito estaba habitado por un vanidoso, cuyo único deseo es que lo aclamen y lo admiren. El Principito, antes de dejarlo, le pregunta para qué le sirve que lo admiren, sin obtener respuesta. XII El siguiente planeta visitado por el Principito estaba habitado por un bebedor, un ebrio que bebe para olvidar que tiene vergüenza de beber, lo cual deja al Principito perplejo. XIII El Principito visita luego un planeta habitado por un hombre de negocios, quien trafica con las estrellas: las cuenta, las registra, en fin, las posee. El Principito le increpa que eso no es de ninguna utilidad para las estrellas, dejando al hombre de negocios desconcertado. XIV El siguiente planeta estaba habitado por un farolero y su farol, el cual encendía y apagaba velozmente, puesto que su planeta giraba con mucha rapidez. El Principito lo deja con cierto pesar, pues le simpatiza este hombre que cumple su deber sin cuestionarlo, y al mismo tiempo, lamenta perderse las sucesivas puestas de sol que se producían en aquel mundo. XV El sexto planeta estaba habitado por un geógrafo, rodeado de mapas y libros. Confunde al Principito con un explorador, y le pide noticias y detalles de su mundo. Al hablarle de la flor, el geógrafo le informa que las flores son efímeras, es decir, están destinadas a desaparecer, lo cual despierta remordimientos en el Principito, por haberla dejado sola. XVI El Principito llega por fin a la Tierra, planeta del cual se destacan su gran cantidad de habitantes y el actuar sincronizado de los faroleros de todo el mundo, ocupados en encender y apagar los faroles de todos los continentes. XVII Se hacen algunas precisiones sobre la cantidad de habitantes de la Tierra, que en realidad pueden caber todos en una isla. El Principito se pregunta por la gente, dado que ha caído en África, donde se encuentra con una serpiente que habla en enigmas, aclarándole al Principito que a pesar de su apariencia, es más poderosa que el dedo de un rey y que puede ayudarlo a volver a su planeta. XVIII El Principito encuentra una flor solitaria, a la que pregunta por los hombres. La flor, en toda su vida, no ha visto más que seis o siete, y considera que los hombres viven molestos por no tener raíces.
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May 01, 2022